Desde las ventanillas del avión lo que se ve es un mar de nubes, blanco y algodonoso. Brillante, porque allí arriba sí hace sol. El cielo está azul limpio y todo parece irreal. Cuando estás allí arriba la tierra está muy lejos y es de color marrón. Se ven lagos, bosques y carreteras largas largas con coches de juguete circulando y casitas que parecen de mentira. Cuando menos te lo esperas aparecen entre las nubes las montañas, cubiertas de nieve, compitiendo con las nubes, haciendose un hueco, aportando su propia blancura.
Una vez que pasas el manto de nubes blancas, aparece el mar y una orilla eterna, dorada, prometedora. En el mar hay barcos y es cuando te das cuenta de lo lejos que están, ahí, en medio del agua, lejos de todo y te sube como una angustia de pensar en los marineros que están en ese barco.
Dura un rato todavía la travesía sobre el mar, aunque desde arriba la orilla se sigue viendo más o menos cercana. Calculas qué pasaría si el avión se cayera de pronto, cómo de lejos se quedaría de esa orilla dorada, y prefieres no pensar en el agua helada, en el susto, el miedo. Vuelves a mirar el cielo azul y te crees que no puede pasar nada malo con ese azul de cuento alrededor tuyo.
Por fin aterrizas. La máquina hace mucho ruido cuando lucha contra las fuerzas que quieren mantenerla volando y por fin con un ruido de neumáticos pisa tierra y la gente aplaude. Tú miras por la ventanilla para grabar en tu memoria cómo es ese aeropuerto pequeño y te fijas en todo, en lo pronto que el avión llega a la terminal y en lo que dicen las azafatas en ese idioma incomprensible y que luego, traducido al inglés, resulta ser simplemente su despedida.
Llegar a una ciudad desconocida es como abrir un regalo de Navidad. No sabes lo qué hay dentro y todo te sorprende. Vas deshaciendo el lazo, que son las primeras calles y te vas fijando en las casas y en los coches, y en la gente que llena el autobús y que a estas horas ya sale del trabajo.
1 comentario:
Ni que estuvieras dentro de mi cabeza...
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