El otro día, cuando entré en casa, vi hadas en el cuarto de los niños. Sí, sí, he dicho hadas. Y son como las de los cuentos. Pequeñitas, con alas y rápidas, muy rápidas por eso no podemos verlas con facilidad. Bueno, por eso y porque no nos dejan que las veamos y andan todo el día untándose polvo mágico para ser invisibles; pero están por todas partes. Las hay dulces, juguetonas, traviesas y con mala leche. Mayores y jovencitas. Suponemos que son guapas, pero como nunca podemos verlas no hay ningún testimonio que lo sustente. Vuelan. Eso sí se sabe y no son muy grandes; nos utilizan para sus fines, y es así cómo nos vuelven locos, porque nos trastocan las cosas de sitio, o nos hacen decir cosas que no queremos.
Las que había en mi casa el otro día eran juguetonas, pero sin maldad. Estaban sentadas en la cama de mi hijo mayor y charlaban apaciblemente con los peluches. Eran 3 hadas luminosas y lindas, por lo menos eso me pareció porque no me dio tiempo a verlas bien. Una de ellas estaba tumbada con su cabeza apoyada en las piernas del gato color caramelo, y el erizo le acariciaba la cabeza con dulzura. Otra estaba subida a la grupa del dragón y le rascaba detrás de las orejas. La tercera jugueteaba con la comadreja y le daba golosinas diminutas.
Cuando notaron mi presencia se pusieron muy nerviosas y enseguida empezaron a soltar polvo de hada para hacerse invisibles. Echaron tanto que el pobre erizo casi desapareció también. Yo me fui a mi cuarto para dejarlas tranquilas pero ellas querían jugar, al fin y al cabo habían ido a mi casa para eso, así que en seguida perdí las llaves que traía en la mano, no fui capaz de encontrar una zapatilla y de alguna manera el agua caliente se volvía fría sin saber porqué. Esa noche me resultó muy difícil hacer la cena porque los huevos se estrellaban contra el suelo, el fuego se apagaba y el salero convenció al azucarero para intercambiar el contenido y los filetes quedaron dulces y nadie pudo tomarse el flan.
Les pedí a los peluches que me ayudaran a poner fin a aquel caos y esa noche tuvimos una larga charla con las hadas para que por favor nos dejaran descansar en paz. A cambio prometí hacer mucho ruido al subir la escalera para que tuvieran tiempo de esconderse antes de que yo abriera la puerta para que no volviera a sorprenderlas y, lo que es peor, a verlas.
Ahora, cuando alguno de nosotros vuelve a casa deja caer las llaves antes de abrir y da un golpe, como sin querer, en la puerta; o entra cantando para alertarlas de nuestra llegada; y nos encanta saber que ellas están allí y nos gusta descubrir las bromas que nos han gastado ese día, qué objeto está fuera de su sitio, o tan escondido que nos es imposible encontrarlo. Es la forma que tienen las hadas de darnos las gracias por acogerlas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario