Me gusta planchar.
Lo digo así, bien alto y clarito. Sé que no es lo normal, pero a otras les gusta cocinar y yo lo odio.
Me gusta convertir la ropa áspera y arrugada en algo suave y liso que apetece ponerse. Me gusta la sencilla perfección que implica. Lo simple y fácil que resulta pasar la plancha por las arrugas y hacerlas desaparecer.
Lo único malo es que, como me gusta, me empeño en plancharlo todo y hay días, como hoy hace un rato, en los que acabo rendida después de haber planchado 5 camisas de hombre, dos de mujer y veinte camisetas de niños y adultos.
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