En la casa de enfrente viven unos jóvenes. Llevan una vida bohemia y hablan muy alto, sobre todo una de las chicas, que yo creo que es la que organiza todo. Tienen dos gatos y tenían dos perros, cachorros, preciosos, de raza, pero últimamente sólo veo a uno, debe ser que el otro lo han regalado, o vendido.
La jefa, por llamarla de alguna manera, saca a pasear al perro vestida de cualquier manera y con las zapatillas de andar por casa. Unas zaptillas enormes de felpa azul brillante. Y recorre el barrio seguida por el cachorro que lo va oliendo todo fascinado por la cantidad de novedades que le ofrece la calle. Mientras, los gatos se pasean majestuosos por las cañerías del gas poniéndonos a todos enfermos de vértigo, pero ellos ni se inmutan. Cambian de balcón a balcón y se pasean por el piso sin prestar atención a todas las locuras que suceden a su alrededor.
A nosotros nos sorprenden sus gritos que tan pronto son de euforia como de cabreo absoluto y que nos tienen todo el día pendientes de las ventanas para ver qué nueva excentricidad están llevando a cabo. Pero quitando que tienden la ropa en la barandilla de los balcones, y que de pronto se ponen a bailar en medio del salón, tampoco hacen nada excesivamente raro, y eso me hace pensar que al final, por muy jóvenes y muy bohemios que queramos ser, todos acabamos siendo de lo más convencional. Todos tenemos que comer, hacer la compra, cocinar, fregar los platos... o tender la ropa, aunque algunas perferimos hacerlo en cuerdas!
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