martes, 9 de septiembre de 2008

Antes muerta...


Me llamó, me escapé de la oficina y fuimos a tomar algo. No había mesas libres, así que nos quedamos en la barra. Pensé que era mejor así, quería darle un carácter informal al encuentro, provisional. En la barra había banquetas altas para sentarse, pero yo había comprobado en la oficina que mis tres kilos de más se hacían muy obvios cuando me sentaba, así que decliné su oferta y permanecí de pie.

Los pies me estaban matando. Los zapatos me rozaban en las heridas que me habían hecho los del día anterior, cuando me había empeñado en caminar durante horas con los zapatitos de tacón. Aún así me quedé de pie, una mano sujetando la coca cola (light, por supuesto), la otra libre. No recuerdo de qué hablamos porque yo tenía que concentrarme en no gritar de dolor a cada poco, así que le reí las gracias, le hice algún comentario poco comprometido y en cuanto se me terminó la bebida dije que tenía que volver ya y me fui derecha a la farmacia.

"Deme todas las tiritas que tenga, por favor, me están matando los pies". Desde allí me fui a una zapatería de barrio que pilla cerca y me compré unas alpargatas de tela, suaves, blanditas, que me puse inmediatamente.


Al poco rato me llamó al móvil. No contesté. Cómo le iba a explicar que no estaba en la oficina sino en la calle, andando muy despacito con mis alpargatas nuevas porque cada movimiento dolía en alguna parte?

Llegué a la oficina por fin y bendije el horario terrible que me obliga a quedarme hasta muy tarde sentada en mi mesa sin tener que andar.

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