La gaviotita tuvo un pequeñín. Un polluelo feo y despeluchao que pia y pia para que le hagan caso, su vida depende de ello, así que grita mucho y abre el pico para que le echen comida, y sus padres, que cumplen con las leyes de la naturaleza sin saberlo, vuelan todo el día buscando deliciosos trocitos de comida que darle.
A veces viene una corneja macho a sobrevolar el nido. Busca robarles al pequeñín. Ya desde que era huevo venía a menudo a ver si les pillaba desprevenidos y se podía llevar el huevo, o quitarles el nido, porque está en un sitio privilegiado, pegadito a una chimenea que les da calor en invierno y sombra en verano. Papá gaviota tiene que imponer su fuerza y persigue a la corneja graznando muy fuerte, haciendo malabarismos aéreos que terminan por convencer al enemigo de que es mejor marcharse.
Papá gaviota pasa sus días entre proteger el nido y buscar comida. A veces los turistas le dan pan, o trocitos de pescado y él se pone todo contento y se va rápido a alimentar al pequeñajo que sigue piando en el nido para que no se olviden de él. Mamá gaviota vigila atentamente el nido, y a papá gaviota que de vez en cuando desaparece más tiempo del necesario. Vigila que la corneja no les robe al polluelo y se impacienta cuando no puede salir a volar tan lejos y tan alto como le gustaría.
Esta historia, además de ser una parábola que cada uno puede interpretar como quiera, es real.
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