Te estuve esperando pero no apareciste.
Cuando llegué al lugar acordado me alegré de ser la primera; me gusta ser puntual. Aproveché esos primeros minutos (yo pensaba que serían minutos) para recuperar el aliento porque había venido andando muy rápido para no llegar tarde y no quería saludarte sin resuello. Dos minutos pasaban de la hora. Yo seguía esperándote.
Los minutos son eternos cuando esperas, lo ponía en un cartel que tenía mi amiga en la pared de su cuarto. Me acordé de ella, de su cuarto, de las tardes que pasábamos allí juntas desentrañanado el mundo. Tú seguías sin venir.
Pasaron los 10 minutos que concedo por cortesía y tu ausencia empezó a molestarme. Intenté llamarte al móvil pero saltó el buzón de voz. No te dejé mensaje.
Cinco minutos más y me marcho; pero pasaron 7 y no me moví. Mi cerebró decidió hacerme la espera más amena y comenzó a ofrecerme imágenes terribles en las que morías de todas las formas posibles: atropellado, golpeado por algún objeto contundente, arrollado por el metro que se acercaba sin posibilidad de escapatoria... Y en todas esas escenas te imaginaba pensando en mi y en lo difícil que te iba a resultar avisarme.
Intenté llamarte de nuevo al móvil y otra vez me contestó el buzón de voz.
Estaba resignada a no verte esa tarde. Quizá nunca más.
Los días siguientes repasé las necrológicas de los periódicos. No encontré tu nombre. Sentí una mezcla de decepción y alivio. Si no estabas muerto... Dónde estabas? A los pocos días dejó de interesarme la respuesta.
No hay comentarios:
Publicar un comentario