Primero tienes que ir andando hasta la calle principal, callejeando por las calles empedradas, dejando atrás la iglesia de la torre y del reloj.
Una vez en la calle grande, buscas la parada del tranvía número 9. Tómalo, busca asiento, el trayecto es largo. Mira por la ventanilla y empápate del paisaje. No, no es bonito, pero es peculiar y merece la pena fijarse. Presta atención a las personas que están en las aceras esperando al tranvía, o simplemente viendo la vida pasar. Son muy distintas a las que ves por aquí y se podría escribir un blog con la historia de cada una. Sus caras reflejan una vida dura y áspera. Ahora simplemente esperan al autobús bebiendo cerveza, fumando un cigarrillo y agradeciendo los rayos de sol en la espalda.
Cuando ya no quede casi nadie en el tranvía, ni en las calles, llegarás a la parada final. Apéate. Espera a que se vaya el tanvía.
Mira al frente: verás el mar.
Escucha: oirás el silencio.
A tu derecha hay un parque: árboles altos, hierba tierna, casas de madera al fondo. Más silencio. Puedes caminar un poco, bajar a la orilla, contemplar cómo las olas diminutas no se atreven a romper la calma.
Deja que el sosiego te inunde y respira hondo. Exhala despacio.
Has recobrado ya la paz? Estás preparado para volver al mundo?
2 comentarios:
Tienes razón. Primero un café, luego un paseo bordeando la muralla y luego el tranvía hasta el final de la línea. La paz en realidad no se va nunca, ¿verdad? solo que a veces le ponemos cosas encima para taparla y desaparece de la vista...
Gracias por recordarme dónde la había enterrado. Voy a por ella.
Que ganas de hacerme un viaje en ese tranvía... Pronto, antes de que nos demos cuenta, te iré a visitar y me llevarás.
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