viernes, 28 de diciembre de 2007

Spervivencia

En cuanto me bajé de su coche el mundo dejó de tener sentido, pero no me di la vuelta ni le miré marcharse. Me obligué a pensar en todo lo que conformaba mi mundo y me concentré en buscarle algún sentido. Todas las actividades que hasta hacía unos horas llenaban mis minutos de forma frenética dejaron de parecerme importantes. Sólo notaba un tremendo agujero a la altura del estómago, una terrible sensación de desamparo. Si no volvía a verle nunca, pensé, me moriré. Pero no ocurrió nada de eso. Todo siguió funcionando sin necesidad de que yo interviniera demasiado. Mis rutinas estaban bien establecidas.

No sé cómo seguí yendo a trabajar, haciendo la compra, llevando a los niños al colegio, manteniendo una vida familiar de aspecto feliz, pero el agujero que sentía en el centro de mi cuerpo no desaparecía y por las noches justo antes de dormirme notaba cómo me faltaba el aire. Era el único momento del día en el que me permitía pensar en él. Sin embargo siguió sin aparecer. Seguí sin saber nada de él, sin verle. Pero seguí viva.

Pasó el verano, y el otoño; llegó la Navidad y el día 31 de diciembre, a media tarde, mientras todos nos preparábamos para acudir a la cena de fin de año, y yo ayudaba a mis hijos a elegir la ropa, a limpiar los zapatos, y cuidaba que el esmalte de las uñas recién aplicado no se estropeara, noté cómo el agujero de mi interior subía por la garganta y llegaba hasta mi cabeza. Entonces empecé a llorar. Sentada en el suelo de la habitación de los niños lloraba y gemía y sólo podía hacer eso. Todo desapareció. No veía a nadie, nada importaba, sólo llorar y llorar y dejar que el agujero se fuera deshaciendo, disolviendo en lágrimas, pero no se terminaba nunca. Cada vez parecía más grande. Conseguí convencerles para que fueran sin mi a la fiesta. Necesitaba llorarlo todo. Me quedé sola, me tumbé en una cama y seguí disolviendo aquella tristeza tan enorme.

Cuando me desperté era por la mañana. Todos dormían, pensé que sería temprano y me levanté con cuidado para no despertarles. Me preparé un café. Miré por la ventana. La calle estaba vacía. El primer día del año nadie sale de casa pronto y la ciudad parece abandonada, fantasma. Sin embargo hacía sol, era un día luminoso. Mi cerebro se negaba a pensar, a sacar conclusiones. Me dolía la cabeza y me notaba muy cansada. Por más que busqué no encontré ni rastro del agujero, ni del desasosiego. Ahora mi mundo no tenía sentido ni fuera, ni dentro. Me senté en el sofá con las piernas recogidas, me tapé con una manta y fui bebiendo despacio el café.

Enero, febrero, marzo, frío, sol, frío, nieve en las montañas, algo de lluvia, los días un poquito más largos y por fin la primavera, días templados, tardes dulces, poco a poco fui recomponiendo el mundo. Dándole apariencia de normalidad a mi vida. Volví a encontrar sentido en algunos detalles y conseguí sobrevivirme a mi misma. Por eso cuando llegó su llamada sólo me quedé mirando la pantalla del teléfono donde parpadeaba su nombre mientras un remolino se organizaba en mi interior y el estómago se cambiaba de sitio con el hígado, los pulmones dejaban de funcionar y el corazón dejaba de bombear la sangre. Oír su voz me devolvió de golpe las ganas de vivir, los colores y los aromas más dulces y entonces tuve miedo de volver a perderle y de no soportarlo, por eso apagué el teléfono y no contesté a sus preguntas.

2 comentarios:

Cuni dijo...

Casi que me hiciste llorar. Es sencillamente desgarrador y lo sentí tan cercano.
Buena decisión la de no atender.
Mis amigos dicen que un día sin que me de cuenta ni que me lo proponga ya no esperaré llamadas ni habrá agujeros (confiemos en mis amigos, son de buena madera).
Muy lindo tu blog.

Caótica dijo...

Gracias! A mi también me sorprendió cuando acabé de escribirlo :-)