martes, 18 de diciembre de 2007

Fachadas

Me gusta mirar las fachadas de las casas mientras camino por la calle. Levanto la vista hacia el cielo luminoso y azul y descubro una fachada de ladrillo visto de color oscuro y adivino que los pisos que protege son grandes y bonitos. En mi imaginación siempre son más grandes y más luminosos que el mío.

Una vez, cuando volvía a Madrid en el tren de las 7 de la mañana, fui viendo cómo se despertaban las ciudades y los pueblos; y en cada estación espiaba desde mi asiento las ventanas de las casas en las que lucía una luz recién encendida y podía imaginar perfectamente a los inquilinos despertándose y preparándose el primer café con el pelo revuelto y los ojos todavía nublados por el sueño. Las mujeres ya estaban recogiendo la colada de las cuerdas, todavía en bata, igual que hago yo en mi propia casa mientras espero a que salga el café. Antes de despertar a nadie. Es mi primer contacto con la mañana, con el aire fresco o frío y con la luz incipiente. Es mi forma de despertarme, de entrar de nuevo en el mundo e ir dejando atrás las fantasías del sueño, turbadoras o felices, y dejar que las sábanas se vayan liberando de mi presencia, refrescándose sin mi calor. Ahora yo contemplaba cómo las mujeres de media España hacían lo mismo que yo y me daba pudor inmiscuirme así en su intimidad más plácida. Esos minutos primeros del día en los que un trabajo mecánico como el de recoger la ropa seca de las cuerdas nos ayuda a ponernos en marcha.

Desde siempre me ha gustado mirar las fachadas de las casas y atisbar durante un ratito su interior. No me interesa la gente que las habita, tal vez por eso en el viaje en tren me dio tanto pudor ver a las mujeres asomadas a las ventanas, sólo quiero ver el espacio que ocupan para llenarlo con mis propias experiencias y mis propias ideas de una casa feliz. Desde la calle apenas consigo ver el techo y la lámpara central del salón, pero ese trocito pequeño de intimidad es suficiente para desatar mi imaginación y establecer enseguida una comparación entre mi piso y ese que atisbo. Me imagino los muebles, la luz del sol entrando sin trabas hasta el sofá en las tardes de otoño, iluminando ese salón tan acogedor que acabo de inventarme. Y esa cocina, de la que sólo veo una pared con azulejos blancos y un armario, se convierte rápidamente en la cocina de mis sueños: llena de sol, amplia y espaciosa para poder desayunar todos juntos mientras el nuevo día entra a raudales hasta la mesa y lanza destellos desde la jarra del zumo de naranja. Mientras tanto mi salón sigue sin ser luminoso y sin tener sol toda la tarde, y mi cocina no es espaciosa como para desayunar juntos.


Supongo que esta obsesión mía por atisbar otras casas y apropiármelas, parte de la idea inicial de cambiar de piso. Mi piso adorado y acogedor se me antoja pequeño y oscuro de un tiempo a esta parte y acaricio la idea de encontrar otro más grande, con más luz, con un salón grande y una cocina espaciosa. Y así recorro Madrid, siempre atenta a las fachadas.

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