
Amanece muy temprano allí donde estás y aprovechas esas primeras horas para organizarte antes de que ella se despierte. Te gusta el orden y ver la casa inundada de cajas a medio completar te supera. Te gustaría cerrarlas todas, meterlas de una vez en la camioneta. Salir ya de viaje. Pero hay cosas que conviene hacer despacio, que no se pueden hacer con prisas y abandonar un país, un trozo de vida, es una de ellas. Es necesario ir poco a poco acostumbrando a los sentimientos. Deshacer los lazos que nos unían a ese sofá que fue nuestro refugio. Recoger con cuidado las ideas que se quedaron flotando en el rincón donde nos sentábamos a trabajar. Ordenar la imágenes que eran cotidianas y ahora serán sólo recuerdos. Deshechar con cuidado lo que no nos queremos llevar: los malos ratos que pasamos por culpa del idioma o de la diferencia de costumbres. Los ruidos molestos de los vecinos todos los jueves por la noche. Y hacer una lista cuidadosa con lo que no podemos olvidarnos: la paz de aquel paisaje, las maravillosas tartas de chocolate, aquel restaurante de comida deliciosa y sólo luz de velas, el mar...
Vas cerrando cajas y recuerdos hasta que está todo recogido, la camioneta cargada y echas la llave por última vez.
Delante de ti, kilómetros de carretera y nuevas expectativas, y en algún momento de ese viaje yo te estaré esperando con un capuccino y chocolate. Claro, no podía faltar!
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