viernes, 18 de abril de 2008

Violines

Fue hace casi tres años cuando se decidió a volver a tocar el violín. Lo tenía abandonado en una esquina de donde lo rescataba muy de vez en cuando para tocar alguna canción sencilla que no le comprometiera mucho. Después lo volvía a meter en su estuche y se olvidaba de él. Sin embargo, hace casi tres años, en el mes de junio, una tarde decidió volver a tocar. Empezó tímidamente, le costaba mover los dedos con la agilidad necesaria, pero las cuerdas parecían estar esperando a sus manos y en poco tiempo se volvieron a acoplar. Pronto una música celestial volvió a sonar cuando estaban juntos.
Llegó a pensar en dejarlo todo para dedicarse en exclusiva al violín, pero de algún rincón de su cerebro la sensatez se abrió paso y decidió esperar.
No todos los días conseguía tocar todo el tiempo que deseaba, y había días en los que era imposible arrancar una sola nota del violín, por falta de tiempo, o de ganas. Pero había días luminosos, brillantes y dulces en los que la música lo llenaba todo y no era necesario nada más. Días inagotables llenos de música, de sueños y de magia.
Sin embargo, con el paso de los meses su entusiasmo inicial se fue aplacando. A ratos el violín le resultaba antojadizo, como sin ganas de interpretar música, como si dejarse acariciar por sus manos fuera un mero trámite que quisiera dejar pasar cuanto antes.
Y así sucedió que un día el violín volvió a su funda y pasó meses sin hacerlo sonar. Pensó que no le importaba, que era la vida marcándole otro rumbo, pero un día tomó el violín y le arrancó unas notas dulces y tenues, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

1 comentario:

Unknown dijo...

Siempre hay tiempo para volver a los sueños.