Acabo de recibir un mensaje electrónico de mi amante. Nada extraño en eso, excepto que lleva fecha de hace 3 días. No sé cuál será la razón de este retraso en la entrega, pero lo que sí sé es que por su culpa mi vida acaba de dar un giro tan tremendo que todavía no me he podido recuperar del susto. Me tiemblan las manos y si pudiera verme comprobaría que la sangre ha abandonado mi rostro y estoy pálida. Noto el corazón acelerado aunque realmente tengo la sensación de que se ha parado. Todo a mi alrededor ha desaparecido y mis ojos no se pueden apartar de la última frase del mensaje.
Ya he vuelto del viaje cariño, todo sigue tal y como lo planeamos, el hotel me acaba de enviar la confirmación de la reserva y esta tarde recojo los billetes.
Te quiero más que nunca.
Esos tres días de diferencia significan que nuestros mensajes se han cruzado. Significa que mientras yo estoy leyendo su declaración de amor, él está leyendo que no quiero volver a verle. Significa que después de días de tabaco, café y chocolate, lo único que me queda es una realidad de la que ya había huído y que he tenido que recuperar en un intento desesperado de superviviencia. Significa que él no querrá volver a verme, que yo no volveré a verle y que mi vida recuperará la pátina grisácea de la monotonía más desesperante.
Al parecer tuvo que salir de viaje repentinamente, algo de la empresa, y no pudo avisarme. Lo intentó. Además de este mensaje he recibido otros dos de varios días antes en los que explica el viaje repentino y su preocupación al no tener respuesta mía a sus mensajes o llamadas. Pero yo no recibí nada de esto y di por hecho que al verse acorralado había decidido desaparecer. Esperé un tiempo, pero al no recibir noticias, me autoconvencí de que era cierto. Hace tres días le escribí un mensaje muy cruel, desgarrado y terrible en el que le decía que todo era ínútil, que yo no quería saber nada más de él, que era un cobarde y que me había decepcionado tanto que no podía seguir con él. Que prefería volver a mi vida anterior, gris y monótona. Todo era mentira, claro. Lloraba sin parar mientras lo escribía, pero no podía soportar la idea de que me abandonara. Necesité decirle todas esas cosas, para decírmelas a mi. Para poder creérmelas. Para poder levantarme y seguir adelante.
Pero ahora ya no sé si podré hacerlo.
2 comentarios:
Basta, no desesperes, todo tiene una explicación.
Llamalo y decile la verdad, el cruce de mensajes, lo que pasó, todo.
No sé, yo creo que si fuera él no perdonaría tan fácilmente. Ella le ha dicho de todo!
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