viernes, 1 de febrero de 2008

7.51

El reloj de la marquesina de los autobuses marcaba las 7.51 de la mañana y 03ºC. Era noche cerrada todavía aunque el cielo ofrecía diversas tonalidades de azul oscuro debido a una capa de nubes variable.

Pensó que era una hora muy estúpida para morir.

Al salir del metro en la Red de San Luis había acelerado el paso para intentar apurar algún minuto y no fichar tarde, y aprovechando que la Gran Vía era cuesta abajo y que los zapatos, aunque nuevos, le iban muy cómodos, apretó el paso. La adelantó sin problemas en la primera manzana, pero el semáforo en rojo de la primera bocacalle, hizo que se igualaran y que la otra, más rápida (no llevaba tacones), saliera antes y le tomara cierta ventaja. Estaba a punto de alcanzarla a la altura de la segunda bocacalle, pero disminuyó la marcha cuando vio al coche acercarse demasiado rápido y con pocas intenciones de parar.


La otra no paró. El coche tampoco.

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