sábado, 23 de febrero de 2008

7:49 8ºC

Esa mañana 5 hechos aparentemente inocentes y aislados propiciaron el fatal desenlace a las 7:49 am. Desde donde murió no podía ver la hora en la marquesina del autobús, pero hubiera pensado que era una hora muy estúpida para morir.

Cuando estaba en el baño, recién levantada, oyó en la radio que había huelga de autobuses, así que decidió salir antes de casa, por si el metro iba muy lleno o había problemas con lo de la huelga. Hizo todo un poco más rápido y salió de casa 5 minutos antes. Al llegar al andén y justo en ese momento hizo su entrada el tren lo que hizo que llegara a la parada de destino con una diferencia de 3 minutos sobre el horario habitual.
Al ver que iba con adelanto se puso de buen humor y eso le dio fuerzas para subir las escaleras mecánicas a buen ritmo y sin dejarse llevar. En el segundo tramo de escaleras mecánicas, cuando las subía para ganar más tiempo, decidió pararse en el penúltimo escalón para no perder el equilibrio cuando el peldaño llegara a la parte superior. En el mismo escalón estaba parado, dejándose llevar por la máquina hasta arriba, H., diagnosticado hace cinco años de esquizofrenia paranoide y que llevaba 5 días sin tomar la medicación.
En vez de tomar el camino de siempre y bajar por la calle ancha, pensó que acortaría más tiempo aún bajando por la paralela. Una calle estrecha, peor iluminada y por la que a esas horas apenas circulaba nadie. Eso le permitía ir a su ritmo sin tener que estar constantemente esquivando gente o esperando a que los semáforos le permitieran el paso. Era una alternativa que tomaba a menudo, pero nunca a esta hora tan temprana. Dudó unos segundos, y finalmente decidió arriesgarse.
H. la siguió.
Poco antes de llegar a la desembocadura de la calle estrecha en otra más ruidosa y concurrida, H. se acercó a ella por detrás, silencioso y la degolló mientras murmuraba algo ininteligible sobre ocupar su espacio en la escalera.
Desde allí no se veía el reloj, pero ciertamente era una hora muy estúpida para morir.

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