Lo mejor del domingo es que transcurra despacio. Que no haya compromisos, ni horarios. Desayunar tranquilos a la hora que sea; tener tiempo de ordenar la mesa, de coser un dobladillo, de dar lustre a las botas. Tiempo para leer el periódico cerca de la ventana, saboreando un café más exquisito que el de otros días. Tiempo de charlar de todo y de nada con tus hijos mientras les ayudas a ordenar su cuarto, o mientras te explican cómo funciona el último experimento de la clase de Ciencias. Poder dar un paseo, aunque amenace lluvia, y terminar tomando una caña, antes de comer, en ese bar tan coqueto de la esquina.
La siesta es sagrada y si ya se ha decidido a llover con ganas, cuesta más salir de casa. Buscas alguna película que te sirva de excusa para no moverte del sofá, o para hacer palomitas y tirarte en el suelo a verla. Y te gustaría que nada perturbara esta armonía perezosa.
1 comentario:
Cómo extraño esos domingos... Porque fijate que sin compañía, no tienen sentido...
Menos de un mes para que regresen, menos mal.
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