lunes, 29 de octubre de 2007

Pesadilla


Iba corriendo cuesta abajo a una velocidad increíble, notando apenas cómo sus pies rozaban el suelo alternativamente, sin poder fijarse en dónde pisaba y sin importarle lo más mínimo. Únicamente era capaz de controlar que sus pasos fueran firmes y estables y cada vez más rápidos. Nada más. Sentía detrás de ella el ruido de la persecución. La respiración forzada del hombre, seguramente poco acostumbrado a correr. Había escapado de su abrazo repugnante con un gran esfuerzo y aprovechando el factor sorpresa que, por esta vez, había jugado a su favor. Siguió corriendo. A lo lejos, delante de ella, divisó un precipicio. Era la única salida posible. En ningún caso podía detenerse o girar. No debía darle la oportunidad de acortar distancias. Pensó que el corazón le estallaría en el pecho si mantenía esta carrera. Comenzó a sentir angustia y fue en ese momento cuando la parte consciente de su cerebro le recordó que se trataba de una pesadilla.

Abrió los ojos asustada. Las paredes familiares de su habitación la devolvieron a la realidad. No había ninguna persecución. Estaba en su cama. Se incorporó ligeramente para disolver definitivamente los jirones sueltos de la pesadilla. Se volvió hacia su lado izquierdo. Jacinto dormía placidamente, el cuerpo abandonado al sueño, los músculos relajados. Roncaba.

Se levantó a beber agua. Era incapaz de dormirse otra vez. La pesadilla estaba aún demasiado reciente, y Jacinto no había dejado de roncar. Se dirigió hacia la cocina y encendió la luz. La realidad más cruda (los platos de la cena amontonados en el fregadero) ayudaron a disipar del todo la pesadilla. Se sirvió un vaso de agua fría de la nevera y se dirigió al salón; no quería seguir viendo platos sucios, eran otra pesadilla casi peor. Puso música, muy bajito para no despertarle. Iba recobrando poco a poco la tranquilidad. "¿Y ahora qué?" -pensó- "No tengo nada de sueño". Eran las cinco de la mañana. Se recostó en el sofá y arrullada por la música se quedó dormida sin enterarse. Esta vez el sueño, plácido y sin pesadillas, le impidió oir la puerta de la calle que Jacinto cerraba con sumo cuidado. Encima de la mesa se podía ver una nota doblada y que ponía en letras grandes: Concha. Pero ella tampoco llegó a ver la nota cuando se despertó, más tarde, con los músculos rígidos por la postura. Ni tampoco cuando, más tarde aún, salió con prisas de casa para llegar a tiempo al trabajo. De hecho no pensó en Jacinto, ni en la pesadilla, ni en los platos sucios amontonados en el fregadero, hasta que no consiguió un sitio para sentarse en el tren. Miró por la ventanilla, llevada por esa curiosidad malsana que nos producen las ventanillas de tren y, sobretodo, para evitar mirar al jovenzuelo de aspecto turbio que tenía sentado justo enfrente. Fue la mirada de este tipo la que le hizo consciente de la minifalda que llevaba y este pensamiento fue hilando otros hasta que llegó a Jacinto, y a la pesadilla. No podía dejar de unirlos: Jacinto y a la pesadilla; y esto le hizo gracia. Pensó en los caminos inescrutables de la mente (sí con estas palabras), y volvió a sonreir.

Jacinto tardó tres días en llamarla. Concha tardó dos en encontrar su nota. Mientras tanto decidió seguir con su vida y no pensar en él más tiempo. Ni la llamada ni la nota pudieron hacer nada para disipar el malestar que había creado la pesadilla. No volvió a verle. Ni a tener pesadillas.





No hay comentarios: