Se despertó por la mañana con la sensación de tener la garganta llena de agujas.
Estuvo 5 días sin poder articular palabra. Aislada en casa. No tuvo más remedio que pensar. A falta de otras alternativas, fue haciendo balance de su vida. Respasó cuidadosamente cada error cometido, cada acierto. Recordó a las personas amadas y aquellas a las que odiaba y creyó encontrar la causa de estas diferencias.
No tomó ninguna decisión, no lo creyó oportuno, ni necesario.
Cumplió escrupulosamente con el tratamiento que le había recetado el médico y al cabo de los cinco días probó suerte y salió de casa. Se dirigió a la frutería, pensó que sería un buen sitio para comprobar si la voz había vuelto.
- Un kilo de fresas, por favor
El rostro de la frutera fue cambiando de expresión muy despacio. Entonces se dio cuenta de que a pesar de lo que ella pensaba, su voz no había regresado todavía.
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