Hacía tiempo que no pasaba por esta calle. La encontró igual de sucia que antes; papeles, vómitos, lo normal después de una noche ajetreada en una calle céntrica.
Caminaba detrás de una chica rubia. No le había visto la cara pero su pelo rubio y largo le obsesionaba. No era un pelo sedoso y liso como en los anuncios, ni siquiera lleno de rizos locos; el adjetivo "fosco" le vino a la mente sin saber por qué, ni siquiera tenía muy claro qué significaba, pero por alguna razón le iba bien a ese pelo.
Bajaba la calle detrás de ella y se fijó en que los árboles ya tenían hojas. La primavera, pensó, puta primavera. Había demasiada luz para matar a nadie, sin embargo no dejó de seguirla.
Al llegar a la marquesina vio la hora, 7:52, y pensó que era una hora estúpida para estar siguiendo a una rubia. Una brisa sorprendentemente fresca barrió los papeles; el pelo rubio se arremolinó más suave de lo que él pensaba que estaría y sin darse cuenta, levantó la mano hacia él deseoso de tocarlo. Ella estaba demasiado lejos todavía. Estaban llegando a la esquina y él aceleró el paso para alcanzarla. De pronto el sol salió por detrás de un edificio cegándole. El tiempo que tardó en reaccionar y taparse los ojos fue el mismo que tardó ella en cruzar la calle: corría para cruzar antes de que el disco cambiara a rojo, y, sin saberlo, para huir de su propia muerte.
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