La vida del ser humano transcurre a merced del caos.
En la infancia, el humano aprende -o es obligado a aprender- el orden. Los adultos pasan todo el día dando pautas de comportamiento y de organización a los niños: recoge los juguetes, no saltes en el sofá, a la cama que es tarde....
En la adolescencia, el humano se rebela contra esa tiranía y concentra sus esfuerzos en destruir todo lo aprendido. Deja la puerta abierta de par en par al desorden, deja que su vida se vuelva caótica: no recoge su habitación, desbarata los horarios -propios y de toda la familia- busca la estridencia en la música y en la ropa...
Ya de adulto, el humano descubre la benevolencia del orden. Lo busca deseperadamente una vez que se da cuenta de los estragos que el caos causa en su vida y en su cuerpo. Toda su energía se dirige ahora a encontrar pautas de orden: compra libros de autoayuda, discute con los amigos sobre los beneficios de madrugar y de una dieta sana y busca volverse metódico en todo.
Entonces tiene hijos y trata de educarlos transmitiéndoles esa sabiduría recién descubierta: el orden.
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