Si no tuviera educación, si mi madre no me hubiera enseñado buenas maneras, si no me mordiera la lengua cada vez que una contestación brusca me viniera a la mente, te diría que te callaras. Te lo diría, además, con todas las letras y sin porfavores: "Cállate, tu cháchara no me interesa en absoluto. Todo lo que me cuentas me aburre. Me parece intrascendente, ajeno a mi, aburrido. Me molesta tu tono de voz, y que no te calles nunca".
Si no tuviera educación te dejaría con la palabra en la boca y me iría lo más lejos posible sin darte explicaciones. Te pondría cara de asco y me daría la vuelta.
Oh sí, maldita educación que me obliga a sonreirte, a escuchar tus tonterías y a responder a preguntas de las que no vas a admitir otra respuesta que no sea la que tienes pensada de antemano que me impide darte una contestación cortante a tiempo -¿Para qué me preguntas si lo único que haces siempre es contradecir mi opinión? ¿Necesitas reafirmarte? ¿Soy acaso el espejo que te debe devolver tu imagen reforzada? Olvídame, ignórame.
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