Lo que más le sorprendió fue sentirse como un saco de huesos, y luego, haber pensado en esa expresión precisamente. Sobre todo cuando más tarde comprobó que efectivamente había quedado reducido a ser un saco de huesos y con algunos de ellos rotos y maltrechos.
Subió al autobús sintiéndose fuerte y joven pero cuando lo bajaron en la camilla se sentía viejo e inútil. Un saco de huesos con muy poca utilidad.
Pensó en MariCarmen. Podía oir su voz chillona recriminándole que no se hubiera agarrado bien a la barra. Odiaba estar dándole la razón de esta forma tan patética.
Volvió a sentirse viejo e inútil y se dejó llevar por la pena y el dolor, porque ahora, ya en la ambulancia, comprobó que le dolía todo el cuerpo. Cada uno de los huesos de ese saco que ahora no le mantenían en pie. Sintió ganas de llorar. Una lágrima asomó a sus ojos y la médica de los ojos grandes que iba sentada a su lado comprobando su pulso y su respiración, le apretó la mano con más fuerza y le dijo que no se preocupara, que no era nada, que en seguida llegaban al hospital y le atendían para que dejara de dolerle.
- No se preocupe, hombre, que no es tan serio como parece, ya verá. En seguida llegamos. Quiere que avisemos a alguien? A su mujer? A sus hijos? Tiene hijos?
Sí los tenía, sí. Cinco nada menos, pero no vivían cerca, y dos de ellos ni siquiera estaban en la misma ciudad. Le dio apuro molestarlos a media mañana. Que perdieran tiempo por culpa de su torpeza, de su vejez mal asumida. Se sintió torpe y patético. Tan viejo, que las lágrimas volvieron a asomar a sus ojos grises.
La médica de los ojos grandes volvió a apretarle la mano y le secó las lágrimas con una gasa. Le sonrió tranquilizadora, pero esta vez no dijo nada. Le dejó llorar sin interrumpirle.
MariCarmen llevaba tiempo advirtiéndoselo. En el autobús, por la calle, en casa: "Juan, que ya no estás tan ágil, haz el favor de tener más cuidado!"
Pero él se negaba a aceptarlo y seguía cruzando las calles por enmedio en vez de andar hasta el paso de peatones; y en el autobús caminaba sin agarrarse hasta el asiento. Hasta hoy, en el que tanto hacerse el fuerte había terminado por tumbarle. Sintió la rabia en la garganta y otra vez las lágrimas.
- Avisen a mi mujer, por favor, que debe estar preocupada porque tardo mucho. Se llama MariCarmen, el número está en el móvil, por la M, la ve?
Había subido a ese autobús como un chaval. Caminando por el pasillo mientras guardaba el abono transportes en la cartera, sin agarrarse, sin preocuparse de buscar un sitio libre. Y entonces, el frenazo brutal y la caída, y los huesos rotos y su vida rota que ya no volvería a ser la misma, porque desde el mismo instante en que pudo tener consciencia de lo que le había pasado supo que ahora ya tendría miedo siempre y no volvería a ser joven ni fuerte nunca más.
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