Estábamos parados en la carretera. Dos largas filas de coches paralelas y quietas. La gente paraba el motor, salía de los coches, comentaba con los ocupantes de los demás vehículos: "ha habido un accidente, y debe ser grave porque si no nos dejarían pasar".
Apareció delante de mi, en la carretera. Llevaba sangre en la cara y en las manos.
- Ayúdame -me dijo.
- Por qué no vas a la ambulancia? Por qué vienes a mi? Yo no puedo hacer nada por tí, no tengo vendas, ni agua para lavarte. Dios mío estás sangrando por la cabeza. Ven, te acompaño a la ambulancia -Le dije.
- No, no, allí no me hacen caso, ya lo he intentado antes. Allí no me ven. Sólo tú puedes verme. ¿Qué me pasa?
Noté cómo se me paraba el corazón, cómo la sangre abandonaba mi cabeza, sentí el mareo llegar suavemente, y justo después la adrenalina del miedo haciendo que toda mi sangre volviera a circular por mis venas. Abrí los ojos. El ya no estaba.
Tardaron una hora más en abrir un carril para darnos paso. El no volvió a aparecer.
Por la noche en las noticias sólo comentaron que en un accidente muy grave había muerto el conductor de un camión que había volcado bloqueando la autovía.
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