La ventana, convertida momentáneamente en espejo, me devolvió mi imagen y aproveché para agradecerme el estar sola y lejos y de viaje. Este tiempo regalado en el que poder pensar y dejar vagar la mente. Descansar de lo de siempre.
El campo estaba precioso. Explosión de primavera y sus colores y el azul brillante del cielo apenas salpicado de nubes.
Mis vecinas de asiento eran norteamericanas, pero simulé no hablar inglés para no tener que participar en la conversación; escuché música, leí y cerré los ojos para no inmiscuirme en su charla, pero no pude evitar oir sus planes para pasar un fin de semana loco en Valencia. Me dieron ganas de descubrirme y unirme a ellas. Escaparme de pronto de todo, pero me dio pereza tener que dar tantas explicaciones.
Y el viaje, que se me antojaba largo al comienzo, llegó a su fin demasiado pronto. La ciudad estaba desierta. Eran las 3 de la tarde. Víspera de festivo. Ciudad de provincias. Las tiendas estaban cerradas, los bares desiertos y nadie por la calle. Los de Madrid no estamos acostumbrados a esto. Ni siquiera el día 15 de agosto, que es el día en que Madrid se queda más desierto, se tiene esta sensación de soledad absoluta. Caminé por las calles soleadas buscando donde tomarme una cerveza y encontré un sitio precioso (en el que estaba prohibido fumar!) y donde además tenían unos dulces maravillosos. Tranquilidad de provincias en un día que iba a ser aburrido.
Y luego la vuelta. Una vez cumplida la misión que me llevó allí. Y 4 días de vacaciones.
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