Llegaron puntuales a las 5, como habíamos convenido. Les abrí la puerta. Marta entró la primera, habíamos hablado por teléfono así que, más que presentarnos nos reconocimos. Dos besos, sonrisas cómplices y entonces me presentó a su marido. Le había visto al abrir la puerta, claro, y había sido consciente de su presencia, pero todavía no le había mirado a los ojos... ni a la sonrisa...
Alargó su mano para estrechar la mía y ese primer contacto mandó oleadas de sensaciones por todo mi cuerpo. Me quedé paralizada, hechizada por sus ojos y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para despegar mis ojos, mis manos y toda mi consciencia de él. Mientras tanto, Marta repasaba el salón. Se fijaba en los detalles del piso, la luz, las ventanas, el suelo, el estado de las paredes, la distribución de las habitaciones.... Pero él seguía teniendo sus ojos fijos en mi y a mi me resultaba muy difícil respirar.
Alargó su mano para estrechar la mía y ese primer contacto mandó oleadas de sensaciones por todo mi cuerpo. Me quedé paralizada, hechizada por sus ojos y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para despegar mis ojos, mis manos y toda mi consciencia de él. Mientras tanto, Marta repasaba el salón. Se fijaba en los detalles del piso, la luz, las ventanas, el suelo, el estado de las paredes, la distribución de las habitaciones.... Pero él seguía teniendo sus ojos fijos en mi y a mi me resultaba muy difícil respirar.
Media hora después de abandonar mi piso, me llamó al móvil. Desde entonces quedamos siempre que tenemos un rato libre. Cualquier rincón nos es suficiente y en cuanto estamos juntos todo lo demás desaparece. Claro que luego vuelve a aparecer y es complicado mantener la dualidad. Pero merece la pena.
Cada vez que sus manos me tocan, se me desboca el corazón; mis manos le buscan, mis labios no tienen suficiente, nunca es suficiente. A pesar de todo, seguimos igual. Ninguno quiere que nada cambie. Nuestras vidas transcurren fuera de nosotros dos, y eso está bien, nos da una perspectiva que nadie más tiene, pero eso no evita que estemos todo el día buscándonos. Ni que cada encuentro sea irrepetible.
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