jueves, 8 de noviembre de 2007

Guerra de puertas

Ya estaba la puerta cerrada otra vez. La puerta que le dejaba aislado en el pasillo y le recordaba que no era nadie. Odiaba esa puerta y odiaba todavía más a la que se empeñaba en cerrarla. Su venganza consistía en entrar abriéndola de golpe, tarareando algo, haciéndose notar. Sabía que eso la desquiciaba. Luego dejaba la puerta abierta de par en par, como si no se acordara de que la querían cerrada. Ella no tardaba mucho en levantarse a cerrarla. Sin decir nada. Y él esperaba unos minutos y volvía a abrirla. Ahora salía al pasillo, la dejaba abierta, tarareaba otra canción, aprovechaba que alguien pasaba cerca para hablar un rato, hacer ruido, reirse, desquiciarla un poquito más.

Ella no parecía inmutarse, pero se levantaba y volvía a cerrar la puerta. Y él volvía a abrirla. Este juego le encantaba, calculaba las pausas, los intervalos hasta conseguir que ella se confiara y entonces, abría la puerta y la dejaba abierta mientras hacía como que recogía unos papeles. Esperaba a que ella se levantara de la mesa, para dirigirse a la puerta, cruzarse con ella, hacerse el sorprendido, cerrarla....
Para volver a abrirla 15 minutos más tarde.

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