Hay días enque nos asaltan los recuerdos en los lugares más insospechados. Tú estás haciendo lo que haces habitualmente, sin darte cuenta de que hay algo inesperado acechando.
En la oficina, un día como otro cualquiera, tal vez un poco más templado -la primavera se acerca despacito- en el que abres la ventana del despacho para dejar entrar esa brisa dulce y tibia; y entonces entran también las notas de un piano y todo se paraliza.
Como si se tratara de una película, sufres un "flash-back" y te ves de pequeña llegando a casa, oyendo un piano mientras subes la escalera y en casa esa persona maravillosa que os visitaba y a la que querías con locura porque siempre tocaba incansable todas tus peticiones. Y detrás de ese llegan otros recuerdos, de paseos por Madrid de su mano, y de las galletas que te compraba para que te estuvieras quieta mientras ella visitaba amigas y tu pensabas que con ella te irías al fin del mundo, siempre que no te soltara de la mano.
En la oficina, un día como otro cualquiera, tal vez un poco más templado -la primavera se acerca despacito- en el que abres la ventana del despacho para dejar entrar esa brisa dulce y tibia; y entonces entran también las notas de un piano y todo se paraliza.
Como si se tratara de una película, sufres un "flash-back" y te ves de pequeña llegando a casa, oyendo un piano mientras subes la escalera y en casa esa persona maravillosa que os visitaba y a la que querías con locura porque siempre tocaba incansable todas tus peticiones. Y detrás de ese llegan otros recuerdos, de paseos por Madrid de su mano, y de las galletas que te compraba para que te estuvieras quieta mientras ella visitaba amigas y tu pensabas que con ella te irías al fin del mundo, siempre que no te soltara de la mano.
No has vuelto a comer esas galletas pero de pronto quieres probarlas de nuevo, aunque sólo sea para disipar ese nudo que se te ha formado en la garganta.
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